Otro hecho de violencia inflingida contra la multitud, por parte de un particular anónimo que irrumpe en las planas de los diarios a partir de su inmolación.
Steve Kazmierczac, a quien sus profesores recordaban como un buen alumno, el jueves pasado irrumpió en el aula de su Universidad y disparó contra los alumnos de los cursos iniciales. Hablar de noticia sería algo así como seguir fogueando el pánico que rodea a la gran mayoría en una sociedad en ebullición. El acto de Steve es una nueva prueba de la violencia que nos rodea, en un contexto de silencio y ocultamiento.
Steve era un doctorando en la Universidad de Illinois. Formaba parte de grupos vocacionales relacionados con su carrera de sociología y algo estalló, de tal modo que un día decidió terminar con su vida y con la de sus compañeros.
No es algo nuevo. El fenómeno arranca con la pseudo inocencia que siempre consagró a las producciones estadounidenses. Estos atentados son hoy parte inmotivada de ese show de muerte, cuyo punto culminante es invariablemente una guerra. “Nadie se animaba a ayudarlo –narra Eduardo Galeano en su cuento “La pasión”, de 1973—porque nadie puede sentir lástima por un tipo así, algunos tenían ganas de abrazarlo, pero no sabían cómo se hace para abrazar a un tipo así. Había un músculo secreto adentro de este tipo: el músculo secreto se había despeñado y se contraía y se estiraba peleando a un ritmo furioso y alzándolo contra la muerte...”
Eran otros tiempos, el excluido, así como el musulmán en los campos de concentración nazis era una figura bien reconocible, y que hoy, la hipocrecía socorre con superficialidad. ¡Y medios!
En 1972, Armand Mattelart, estudioso de la escuela crítica de Frankfurt, en un libro que analizaba el fenómeno mediático de las sociedades post. En él volvía una y otra vez sobre ese tópico de la inocencia que recubre la ideología capitalista. Hablaba estrictamente del Plaza Sésamo, no ya del Pato Donalds de las grandes guerras, y hablaba de Vietnam. Dulzura y barbarie, sazonada con la producción bélica que no escampaba. Ni escampa.
Día tras día vemos en una misma página de cualquier publicación un avión al lado de un reloj, como si la precisión fuera la imagen. ¡Un avión Lockheed! Al lado, sí, de un reloj también Lockheed. O un lavarropas, inocente, ahí, blanco, níveo: White-Westinghouse: esa inocencia de ama de casa que gira y gira, sin dar vueltas, pero fabricando motores de caza-bombarderos.
Esa inocencia, que estaría bien estractar en idioma de origen (ver más abajo), y ver que nadie es culpable, que era un buen chico y seguramente muy estudioso, trabajador, o como la compañera de Steve que se salvó de la metralla urbana de ese furioso decía: “No podía creer lo que sucedía, parecía un video juego.”
"In the message, he said he was never violent toward individuals he knew, but noted, “I react poorly to aggressive strangers, especially those who purposely violate my personal space.” David R. Garvin in an e-mail he sent to Amanda Cooley Davis, 32, the actress who performed in his short comedy, because he is a writer. The emotional and psychological factors that caused Mr. Garvin to unleash a torrent of violence (with two guns: a Ruger P-89 9-millimeter pistol and a Russian-made Imez .380-caliber pistol) on Wednesday (march’s 14th) night in
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